lunes 21 septiembre, 2026

El Partido Revolucionario Institucional (PRI) atraviesa uno de los momentos más críticos de su historia reciente. Bajo la dirigencia de Alejandro “Alito” Moreno, el otrora partido hegemónico no solo ha perdido presencia electoral, sino también una parte significativa de su base militante.

De partido dominante a fuerza marginal

Cuando Alito Moreno asumió la presidencia nacional del PRI en 2019, el partido gobernaba 12 estados del país. Para 2026, tras derrotas consecutivas frente a Morena, el tricolor ha visto caer casi todos sus bastiones históricos, incluidos Estado de México e Hidalgo.

Hoy, su presencia territorial se reduce a Coahuila y Durango, y aun así, estas entidades se sostienen gracias a alianzas con el PAN y lo que resta del PRD, dentro de la coalición conocida como “Fuerza y Corazón por México”, identificada por sus críticos como el PRIAN.

Desplome en la militancia

De acuerdo con datos oficiales del Instituto Nacional Electoral (INE), el PRI ha sufrido una caída histórica en su padrón de afiliados. En solo dos años, pasó de 1.4 millones de militantes a poco más de 900 mil, perdiendo una tercera parte de su militancia y cayendo por primera vez por debajo del millón de afiliados.

Este retroceso confirma la crisis estructural del partido, que ya no logra atraer ni retener cuadros políticos ni bases sociales.

Debilitamiento legislativo y ruptura interna

En el Congreso, el PRI vive su representación más baja en décadas, lo que lo ha obligado a actuar como una fuerza subordinada al PAN para mantener relevancia política.

A nivel interno, la permanencia de Moreno en la dirigencia provocó la salida de figuras históricas, entre ellas Miguel Ángel Osorio Chong, Claudia Ruiz Massieu y el exgobernador Eruviel Ávila, quienes lo acusaron de secuestrar al partido con fines personales, incluyendo la búsqueda de fuero y protección política.

Confrontación frontal con Morena

En medio del desgaste interno, Alito Moreno ha optado por una estrategia de oposición total a las iniciativas del oficialismo. Su rechazo a la reforma electoral ha sido uno de los ejes centrales de su discurso, llegando a compararla con prácticas de regímenes autoritarios.

El líder priista sostiene que Morena pretende debilitar el voto ciudadano, controlar los órganos electorales y asfixiar a la oposición mediante recortes presupuestales al INE y a los partidos políticos.

Prioridades en disputa

La bancada del PRI ha solicitado frenar la discusión de la reforma electoral, argumentando que el país enfrenta problemas más urgentes, como la crisis de seguridad, la revisión del T-MEC y el estancamiento económico.

Sin embargo, para analistas y exmilitantes, el problema del PRI va más allá de la coyuntura legislativa: se trata de una crisis de liderazgo, identidad y credibilidad, que amenaza con dejarlo como una fuerza política residual en el nuevo mapa electoral de México.

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