El regreso de Donald Trump a la Casa Blanca ha traído consigo una de las maniobras políticas más audaces de la historia moderna: El uso del Premio Nobel de la Paz como una herramienta de inmunidad mediática.

Mientras el mandatario arrastra el estigma de ser el primer presidente convicto, su equipo de aliados en el Congreso impulsa su nominación al galardón noruego.

El objetivo parece claro: crear un contraste moral. Al presentarse como un ‘pacificador global’, Trump busca restarle peso a las investigaciones que aún lo vinculan con figuras como Jeffrey Epstein, utilizando la desclasificación de archivos como una cortina de humo para limpiar su pasado.

En el tablero legal, el Nobel no lo salvaría de un juez, pero sí pavimentaría el camino hacia una cómoda prisión domiciliaria en Mar-a-Lago, bajo el argumento de que el mundo no puede permitir que un Nobel de la Paz termine tras las rejas.


