El 10 de septiembre de 2025, en la Universidad de Utah, era asesinado el activista de ultraderecha estadounidense Charlie Kirk. Se caracterizaba por un estilo frontal, acusando a personajes de izquierda de ser criminales, enaltecer los valores que ellos llaman “occidentales”, y, como marcan sus cánones, desdeñar y deshumanizar a las mujeres, los afrodescendientes, los migrantes, los nativos americanos y la comunidad LGBT, porque, según su facción, se trata de amenazas.

Kirk, cuya muerte lamentamos independientemente de su ideología, era el representante de una nueva estirpe de personajes creados por la derecha de manera premeditada: los debate-me bros (“hermanos, debate conmigo”). Se trata de jóvenes entre sus 20 y sus 30 años, aparentemente versados en teorías económicas, historia y otras ciencias sociales, cuyo bagaje es aprovechado en foros con alta exposición en redes sociales (porque a veces se victimizan cuando las universidades, en gesto de prudencia, les cierran las puertas), con el fin de hacer ver al mundo que la izquierda está equivocada.
Los debate-me bros, en sus versiones anglosajonas, europeas y latinoamericanas, se valen, aparte del arsenal teórico ya mencionado, de palabrería (más que argumentación) proveniente de la filosofía. Entraron a los debates acusando frontalmente a sus interlocutores, algunas veces con razón y muchas otras solo porque emplear locuciones latinas parece reportarles prestigio y credibilidad; de falacias ad hominem o de crear “hombres de paja”, expresiones que al principio parecían innovadoras, pero que con el tiempo se fueron desgastando, hasta que el gran público las utilizó para caricaturizar al apasionado debatiente facho de redes sociales; no solo en contenidos audiovisuales, sino también en blogs, TikTok y YouTube, donde consumidores de contenido aspirantes a ideólogos libran encarnizadas batallas desde su sillón.

Y ese establishment al que combatimos desde la izquierda descubrió que prefabricar ideólogos jóvenes, blancos y esbeltos, que dieran la pinta de ser personas “preparadas” y exitosas, podía ser el gancho para atraer a juventudes despolitizadas, aunque siempre susceptibles a mensajes que parezcan disruptivos e innovadores. Así, la creación de personajes latinoamericanos, financiados por think tanks gringos, ha logrado convencer a muchos consumidores desinformados de que ser de derecha es la postura revolucionaria por excelencia.
Influencers españoles y latinoamericanos de derecha hay muchos, pero el caso de éxito para dicha facción es el de Javier Milei, quien, arropado por figuras como Nicolás Márquez, Emmanuel Danann y Agustín Laje (todos financiados por la organización injerencista Liberty Foundation), logró hacerse con el poder en Argentina tras una intensa campaña que aprovechó la debilidad del kirchnerismo y a una población golpeada, susceptible de casi cualquier discurso.

Más allá de que los gobiernos de derecha les hayan otorgado privilegios y notoriedad a los debate-me bros, su esquema comunicacional no es distinto. En los regímenes estadounidense y argentino es evidente el tono de bravuconería, criminalización y acusación, no solo desde la vocería, sino desde dependencias que en teoría deberían servir al pueblo.
Si bien en México los llamados “damnificados del chayote” acusan —sin fundamento— persecución a la prensa y censura, la realidad es que figuras como Manuel Adorni en Argentina y Karoline Leavitt representan lo peor del trato a la prensa, con constantes bravatas contra reporteros que intentan hacer contrapeso a la nube fascista que se cierne sobre algunas regiones del continente. Han vuelto los crímenes de Estado, la represión y el ocultamiento de la verdad, y el tono desafiante ya no lo ostenta la prensa, sino el Estado imperialista y sus adeptos latinoamericanos.

El pueblo politizado de México, que por fin mantiene un régimen de izquierda, puede con todo ello y con lo que venga. Pero nos hermanamos con los pueblos que sufren a la derecha y a sus ideólogos histriónicos. Juntos la seguiremos combatiendo.
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