A pesar de las asperezas del pasado y de los desplantes que marcaron el inicio del sexenio, parece que las piezas diplomáticas se están acomodando. Este jueves, en plena efervescencia de la FITUR 2026 en Madrid, los reyes de España, Felipe VI y Letizia, hicieron una parada obligada en el stand de México. Pero no fue una visita cualquiera; fue un gesto que la presidenta Claudia Sheinbaum no tardó en calificar como un “símbolo” de los nuevos tiempos.

Desde Puebla, donde encabezó su conferencia matutina, Sheinbaum soltó la noticia con ese tono pausado que la caracteriza. No ocultó que la imagen de los monarcas conviviendo con representantes de los pueblos originarios —en un stand que, por cierto, presume la riqueza del arte wixárika de Nayarit— tiene un peso político que va más allá de la promoción turística. Para ella, que los reyes se detengan a reconocer la raíz indígena de México es un mensaje claro, casi un espaldarazo a la narrativa de su gobierno.
Un escaparate que dice más de lo que muestra
México llegó a la FITUR por la puerta grande. Como “País Socio“, el pabellón nacional no solo es el más grande de su historia, sino que se convirtió en el escenario de un encuentro que muchos creían imposible hace un par de años. Mientras los reyes recorrían el espacio y se detenían frente a las piezas artesanales, quedaba claro que la diplomacia, aunque sea a través del turismo, está logrando lo que las cartas oficiales no pudieron.
Por supuesto, esta “tregua” simbólica no ha sentado bien en todos los frentes. No faltaron los reclamos desde la bancada del PAN, que parece seguir atrapado en esa inercia de criticar por deporte. Mientras el gobierno federal celebra un acercamiento que pone a la cultura indígena en el centro, los panistas —fieles a su costumbre de preferir las formas rancias y esa extraña nostalgia por la diplomacia de caravanas al viejo continente— han intentado restarle importancia al evento. Resulta curioso que quienes tanto pregonan el orden institucional, hoy se vean incómodos ante un gesto de respeto que, en teoría, debería darnos gusto a todos.
La política de los gestos
“Es un símbolo“, repitió Sheinbaum, subrayando que la presencia de los monarcas con los pueblos originarios valida la insistencia de su administración por el reconocimiento histórico. Al final del día, más allá de los convenios turísticos o de si el PAN decide que hoy toca indignarse por la falta de “etiqueta“, lo que queda es la imagen.

España y México se están hablando de nuevo, quizá no con las disculpas firmadas que algunos esperaban, pero sí a través de un diálogo visual que resulta difícil de ignorar.

