En los últimos días, un video de la periodista Azucena Uresti en un aparente estado de ebriedad se volvió viral. Sin embargo, más allá del incidente personal, lo que realmente ha encendido las alarmas no es el brindis, sino la identidad del hombre que la acompañaba: Ricardo Zárate Sepúlveda.

Ricardo Zárate Sepúlveda no es un desconocido en el medio. Egresado de la UANL en 1982, consolidó su carrera como docente y directivo en la Facultad de Ciencias de la Comunicación, donde estuvo a cargo de áreas clave como laboratorios de radio y televisión. Todo indica que la relación con Uresti nació en las aulas, bajo una dinámica de poder que hoy se traduce en una alianza sentimental y, aparentemente, política.
La controversia escala al revisar el estado civil de Zárate. Según registros públicos, el comunicador mantiene un matrimonio formal con la señora Silvia Castillo Contreras, con quien tiene un hijo.
Este detalle no es menor cuando se analiza desde la óptica de los valores que el Partido Acción Nacional (PAN) suele defender. La contradicción entre el discurso de la “familia tradicional” y la realidad de una relación extramatrimonial pública pone en jaque la calidad moral de los involucrados.

Zárate Sepúlveda no es solo un académico; es un operador político activo en Nuevo León: Fungió como representante propietario del PAN en las elecciones de 2024. Su familia es pieza clave del panismo en el municipio de Hidalgo, N.L., con parientes que han buscado alcaldías y ocupado puestos en el Congreso del Estado.
La cercanía de Uresti con un cuadro operativo del PAN plantea una duda razonable sobre su imparcialidad. Si su pareja sentimental y guía profesional es un estratega de Acción Nacional, ¿qué tanto de su “crítica mordaz” es periodismo genuino y qué tanto es una agenda pagada por el partido?
La objetividad requiere distancia, y en el caso de Azucena Uresti, esa distancia parece haberse disuelto entre intereses políticos y favores personales.

