Para lo mal hecho siempre nos burlamos de nosotros mismos. Navegamos entre dos extremos. En condiciones objetivas y salarios acordes somos los mejores trabajadores del mundo, los más creativos.
Pero en circunstancias prianistas siempre fuimos malos, mediocres y sobre todo prietos sin oficio ni beneficio.

Los anuncios de un buen licor estarían protagonizados por lo más blanco y rubio que puede ofrecer el planeta. Nuestros comerciales mexicanos estaban tan cargados de blanquitud que si alguien que no conociera México, y lo hiciese solo por sus comerciales, pensaría que somos uno de los países noruegos (Xóchitl dixit).
Queda claro que la mediocridad fue el producto más distribuido de los regímenes neoliberales.
La mano de obra mexicana solo era producto de exportación. Estaba prohibido el desarrollo de nuestras industrias y nuestra propia filosofía.

Estaba prohibido el sentirnos contentos con tener una de las mejores culturas del mundo.
El mexicano debía mantener la imagen del sombrerudo recargado contra un árbol.
Y en la modernidad esa imagen debía ser reemplazada por la de un pistolero, un tipo que vive en el paraíso pero no puede evitar ser violento.
La violencia debe tener piel morena.
Cuando se le pregunta a una mujer latinoamericana por sus estándares de belleza, por lo regular escogerá de manera mayoritaria a una estrella blanca de Hollywood. Todos hemos estado sobreexpuestos a esa cultura.
Lo normal es lo blanco; lo exótico y subdesarrollado es lo no blanco. Lo incapaz de ser civilizado es lo no blanco.
Por eso cuando descubrimos las formas de autosabotaje, como esos términos noventeros de autodenigración como “región 4”, pues ya vamos en camino de entenderlo.
Los mexicanos somos chingones, pero bajo nuestros estándares. Somos chingones en centímetros, no en pulgadas. Lo nuestro son las maravillosas tradiciones que tenemos, no las ajenas.

Apenas nos vamos dando cuenta porque estamos despertando de la larga noche neoliberal.
Esa larga noche que nos dijo que éramos incapaces de gobernarnos, de sentirnos cómodos con nuestra mexicanidad.
Qué bueno que despertamos.

Ramiro Padilla redes:

