La Guardia Costera y la Armada de EE. UU. (con apoyo del Reino Unido) incautaron en el Atlántico Norte el petrolero Marinera (antes llamado Bella 1), que navegaba bajo bandera rusa.

El gobierno de Trump sostiene que el buque violaba las sanciones internacionales y transportaba petróleo de forma ilícita para financiar la guerra en Ucrania.
Vladímir Putin calificó la acción como “piratería” e “intercepción ilegal” en aguas internacionales, denunciando que se violó la Convención de la ONU sobre el derecho del mar.

Tras la pérdida del buque, la retórica en Moscú se ha disparado, Aleksey Zhuravlyov, vicepresidente del comité de defensa de la Duma rusa, declaró que Rusia debería responder de forma militar, sugiriendo:
“atacar con torpedos o hundir barcos estadounidenses”.
Rusia considera que el abordaje de un buque con su bandera es equivalente a un ataque a su propio territorio, lo que, según su doctrina militar, podría incluso justificar el uso de armas nucleares si lo consideran una amenaza existencial.

Se ha reportado que Rusia desplegó al menos un submarino para intentar proteger otros buques de su “flota en la sombra” y evitar que EE. UU. siga deteniendo petroleros vinculados a Moscú.
Aunque no se ha iniciado una incautación masiva, el riesgo de un incidente de “ojo por ojo” es muy alto. Expertos en seguridad marítima advierten que Rusia podría intentar detener buques con bandera de EE. UU. o de sus aliados en zonas donde tiene mayor control naval, como el Mar Negro o el Ártico, como medida de presión para recuperar sus barcos incautados.

Rusia ha amenazado formalmente con represalias militares y acciones de fuerza contra activos navales de EE. UU. en respuesta a lo que consideran piratería contra su flota.

