Ya van dos víctimas de Mario Delgado. Recientemente, el caso de Marx Arriaga demostró lo que el titular de la SEP está dispuesto a hacer cuando se le cuestiona. Arriaga, cuando Delfina Gómez era secretaria de Educación, ayudó a concretar un gran logro para México: sacar a Trillas, SM, Ediciones Castillo, Santillana, Ríos de Quinta y demás grupos editoriales ligados a la derecha de la educación pública, un negocio que representaba mil millones de pesos anuales.

En un primer momento, no fue sorpresa que la Unión Nacional de Padres de Familia A.C., Televisión Azteca o la Asociación de Abogados Cristianos criticaran el contenido de los libros. Sin embargo, tras no recibir el apoyo de ninguna institución educativa en México, la queja de estos grupos pasó a ser una anécdota de lo que hacen los fanáticos religiosos cuando se habla de sexualidad o de otros proyectos políticos y económicos relacionados con las infancias.
El debate que nace desde la SEP para desmantelar el proyecto de la Nueva Escuela Mexicana solo se entiende cuando se revisa la radiografía de Mario Delgado, un economista del ITAM que votó a favor de la reforma educativa de Enrique Peña Nieto en 2013.

Su primera víctima: Hugo López-Gatell, quien reaccionó sin titubeos cuando Delgado se propuso destruir el plan de vida saludable. Por unas simples básculas, el titular de la SEP aceptó discutir los planes de combate a la obesidad y el sobrepeso infantil con empresas como Bimbo o PepsiCo. La crítica fue atinada: como gobierno no puedes discutir un proceso de desarme haciendo convenios y contratos con las empresas que producen y venden armas; del mismo modo, no puedes discutir el proceso de alimentación saludable de niñas, niños y adolescentes estableciendo convenios con las empresas que lucran con el sobrepeso infantil. ¿Cuál fue el resultado? El exilio.

Hoy, López-Gatell está en Suiza, representando a México ante la Organización Mundial de la Salud. Por su parte, Marx Arriaga, quien rediseñó la educación en México basándose en el sistema de Paulo Freire y la pedagogía crítica, se va acorralado, pues a diferencia de López-Gatell no aceptó ningún puesto en el extranjero.
Ahora, por un sinsentido de la SEP, podría iniciar el final de la Nueva Escuela Mexicana, aunque seguramente el secretario lo llamará “proceso de transformación”.
Si de por sí los retos ya eran muchos —maestros que no saben trabajar por proyecto, presión de la ultraderecha y de la Iglesia, infraestructura escolar deficiente, bajos salarios del personal docente, padres de familia que no comprenden los nuevos libros de texto y millones de infantes que llegan sin desayunar a la escuela— ahora la Nueva Escuela Mexicana se enfrenta, según sus críticos, al puño dictatorial de un itamita que no acepta críticas, de un economista que poco o nada sabe de pedagogía y de un operador político que, acusan, se arrodilla ante los grandes empresarios de México.
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