Lo que empezó como una queja ruidosa desde el ala dura del partido republicano estadounidense terminó convirtiéndose, este lunes, en un revés diplomático para el congresista Carlos A. Giménez. Tras acusar públicamente a la presidenta Claudia Sheinbaum de haberle cancelado una reunión de último minuto, el Gobierno de México respondió con una aclaración contundente que dejó la queja en el aire: no se puede cancelar un encuentro que nunca estuvo programado.

La controversia se encendió cuando Giménez, representante por Florida y conocido por sus posturas críticas hacia la administración mexicana, alegó un desaire por parte de la mandataria. No es la primera vez que el legislador lanza dardos hacia Palacio Nacional; apenas en noviembre pasado, había afirmado que bajo el mandato de Sheinbaum, “México no ha sido amigo de Estados Unidos“, llegando incluso a comparar sus tácticas con las de regímenes como los de Nicolás Maduro en Venezuela o Díaz-Canel en Cuba.
Con ese historial de tensiones como telón de fondo, su denuncia de una “cancelación” abrupta parecía encajar en su narrativa habitual. Sin embargo, la respuesta oficial de México no tardó en llegar y cambió el guion por completo.

Lejos de entrar en un intercambio de acusaciones, la postura del gobierno mexicano fue exhibir la falta de sustento en los dichos del congresista. Fuentes cercanas a la Presidencia aclararon que la agenda de la doctora Sheinbaum es compleja y se planifica con mucha antelación. Simplemente, “no estaba en su agenda recibirlos“, explicaron, desmintiendo categóricamente que existiera una cita confirmada que pudiera ser cancelada.
El episodio ha dejado al congresista en una posición incómoda, calificada incluso de “ridícula” por algunos observadores políticos al quedar expuesta la falsedad de su reclamo.
Al final del día, el incidente sirvió como un recordatorio tajante de que, en la diplomacia de alto nivel, asumir que se tiene audiencia con una jefa de Estado no es lo mismo que tenerla realmente confirmada en el calendario.

