No es sorpresa para nadie que, cada vez que sale a la luz una nueva tanda de documentos relacionados con el caso de Jeffrey Epstein, el internet se vuelve loco buscando nombres conocidos. Pero esta vez, el foco no se puso sobre un político o una estrella de Hollywood, sino sobre un código postal muy específico de la Ciudad de México: Jardines del Pedregal.
Sí, una dirección de esta exclusiva colonia aparece en la famosa “Libreta Negra” (Black Book) de Epstein, un compendio de contactos que el magnate acumuló durante décadas. No es una teoría de conspiración ni un invento de redes sociales; el registro está ahí, impreso en papel, vinculando indirectamente al depredador financiero con el sur de la capital mexicana.
¿Qué es lo que realmente sabemos?
La dirección en cuestión se ubica en la calle Iglesia, en el corazón del Pedregal. Según los registros que han circulado, el contacto no estaba a nombre de Epstein mismo, sino asociado a una figura de la élite empresarial mexicana.
Aquí es donde la cosa se pone interesante (y un poco turbia):
- La conexión: El nombre vinculado a esa propiedad es el de Edgar de Picciotto, un banquero suizo de origen libanés que fundó la Union Bancaire Privée.
- El contexto: Aparecer en la libreta no significa, por default, haber participado en las atrocidades de Epstein. Muchos nombres en esa lista eran simplemente contactos de negocios, clientes potenciales o personas que el magnate quería “impresionar“.
- El silencio: Hasta la fecha, no hay evidencia pública de que Epstein haya pisado esa casa o de que se llevaran a cabo fiestas ahí, como sí ocurrió en su isla privada o en su mansión de Manhattan.

Un rastro que se enfría
A ver, seamos honestos: el hecho de que el Pedregal figure en esos archivos alimenta el morbo nacional, pero la realidad suele ser más aburrida (o más discreta). Para muchos investigadores, esa dirección representa el alcance de los tentáculos financieros de Epstein, quien se movía en los círculos de la altísima banca internacional donde de Picciotto era un jugador clave.
No es que hubiera una “sucursal” de sus crímenes en México, o al menos no hay pruebas de ello, sino que el tipo tenía una red de contactos que no conocía fronteras. Al final del día, la casa del Pedregal es una pieza más en un rompecabezas global de poder y dinero que todavía nos tiene rascándonos la cabeza.

